Con el nacimiento de la fotografía en 1.839 algunos predijeron la muerte de la pintura. Quienes así pensaban, lo hacían desde una concepción en el cual la pintura había sido hasta entonces el medio idóneo para la representación de la realidad y perdía su razón de ser, con el surgimiento de una actividad industrial (el negativo emulaba a la matriz o al molde) que desafiaba y superaba en “calidad” medida por su cuota de realismo. El retratista familiar de la élite social fue desplazado por el fotógrafo que conseguía un “mejor” resultado en términos realistas en menos tiempo y con un coste más reducido abarcando así a nuevas clientelas.